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(Re)visitar la memoria: la representación de la nakba en torno a la identidad palestina en “La tierra de las naranjas tristes”, de Ghassan Kanafani

La (re)construcción de un territorio (im)posible
octubre 2, 2017
Uma história da Palestina a partir da literatura de resistência: Ghassan Kanafani e a inércia do exílio
octubre 2, 2017

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Daniel Ismael Gómez[1]

 

Resumen: En el marco de los estudios poscoloniales y literaturas nacionales de Brennan, (1990), Anderson (1993), Cleary (2003) y Walder (2011), este trabajo indaga sobre la construcción de la identidad y memoria palestinas a través de la literatura nacional. Tomamos a La tierra de las naranjas tristes y postulamos que en la representación de la experiencia colectiva de la nakba se manifiesta un proceso doble de pérdida y recuperación textual del pasado bajo un narrador que se dirige explícitamente al lector.

Palabras clave: Identidad – Novela – Nakba – Memoria – Nacionalismo

 

Abstract: Under the framework of both postcolonial and national literature studies such as Brennan (1990), Anderson (1993), Cleary (2003) and Walder (2011), this paper inquires about the construction of Palestine´s identity and memory through its national literature. We claim that in “The Land of Sad Oranges” the representation of the collective experience of the nakba there is a manifestation of a double process of both textual lose and recovery of the past under a narrator that refers explicitly to the reader.

Keywords: Identity – Novel – Nakba – Memory – Nationalism

Introducción.

La experiencia que se transmite de boca en boca es la fuente de la que se han servido todos los narradores. Y los grandes de entre los que registraron historias por escrito son aquellos que menos se apartan en sus textos del contar de los numerosos narradores anónimos.

El narrador, Walter Benjamin (1986).

 

Toda obra de arte impone su intención especular, instaura el espejo; inventa la mirada que la va a mirar.

Cuando éramos felices, Isidoro Blaisten (2004).

 

La novela es una forma narrativa que ha participado en la (re)construcción de identidades dentro de una nación. En el caso de Medio Oriente[2], Muhammad Siddiq dedicó un libro a este tópico, Arab culture and the novel: Genre, identity, and agency in Egyptian Fiction, donde afirma que “A diferencia de otros géneros, tales como el teatro, una vez que la novela echa raíces en un contexto cultural específico, tiende a hacerse indispensable para el discurso de identidad de dicha cultura. Lo que esto sugiere es que la cultura en cuestión estaba en el proceso de migrar desde los modos tradicionales de auto-identificación y expresión” (Siddiq, 2007: 31).[3]

En efecto, uno de los principales intelectuales palestinos, Ghassan Kanafani, fundó su legado literario con la publicación en 1962 de Rijal fi ash-shams (Hombres bajo el sol)[4], una novela sobre personajes desplazados que poseía como trasfondo la fragmentación del cuerpo palestino tras la desgracia de 1948 conocida como nakba y a través de dicho medio abordó tópicos que nutrieron el discurso sobre el conflicto y su repercusión en la identidad de este pueblo, siendo aún hoy una figura necesaria a la hora de revisar tanto el presente como el pasado palestino[5].

Esto no debe sorprender, puesto que tal como nos recuerda Brennan –y podemos extenderlo a las naciones de Medio Oriente- “Las naciones, entonces, son constructos imaginarios que dependen de la existencia de un aparato de ficciones culturales en donde la literatura imaginativa juega un rol decisivo. El ascenso del nacionalismo europeo coincide especialmente con una forma de literatura – la novela” (2000: 49) La relación entre la novela y la nación es, en efecto, uno de los recorridos que lleva a cabo Vernet en su historia de la literatura árabe, siendo esta forma narrativa uno de los principales motores del Nahda (renacimiento cultural árabe)[6]: “En todos los países árabes la [sic] nahda empieza, como en Egipto, en el momento en que nace y se desarrolla la conciencia nacional y se piensa en abandonar las estructuras administrativas medievales y sustituirlas por otras de corte occidental.” (Vernet, 2002: 129, cursivas nuestras).

El texto del presente trabajo, Ard al-burtuqal al-hazin (La tierra de las naranjas tristes), si bien es un relato de escasa extensión que a menudo formó parte de ediciones posteriores de Rijal fi ash-shams[7], encierra cuestiones sobre la memoria y pérdida que, junto a la derrota de 1967, constituyeron un eje central dentro de la memoria colectiva palestina que, como afirma Webman, no puede escapar de la tragedia: “La guerra de Junio de 1967, un hito en el desarrollo de la identidad palestina, contribuyó todavía más a esta tendencia al infligir una derrota peor que la de 1948.” (2002: 30).

La importancia de La tierra de las naranjas tristes radica en que apunta a un hecho colectivo definitorio[8] para los palestinos y debido a esto se lleva a cabo una narración que incluye e interpela explícitamente al lector. Se conforma un pacto biográfico entre este y el narrador donde se expresa el dolor del abandono forzoso del hogar y la fragmentación de diversos órdenes tanto sociales –la fractura de la familia, los vecinos y la niñez- como económicos –la pérdida de la tierra, el trabajo y el dinero-, centrándose en el testimonio de un adulto que revive su infancia interrumpida. Es significativo que, dado lo problemático del tópico, el foco no esté puesto en la venganza o en la demarcación obsesiva de un enemigo, pese a que se nombre a las fuerzas de Israel. Esto último, como nos recuerda Walder, es vital, ya que “El punto es que no alcanza con evocar el pasado y transformarlo en una narrativa personal llena de furia o culpa: evocar involucra aceptar el pasado en un sentido tanto ético como heurístico; es conectar lo que recuerdas con las memorias de los otros, colonizadores y colonizados” (2011: 14). Al leer La tierra de las naranjas tristes, el recuerdo trágico se reactualiza ante el pueblo palestino en el presente como una reflexión y un patrimonio, sin parálisis, tampoco odio ni venganza.

El uso de la segunda persona en la narración, además, presenta una peculiar nota: la transmisión de una experiencia que se constituye como común para la nación. Frente a un tipo de novelista como individuo que escribe “en su soledad” (Benjamin, 1986: 193) sobre experiencias de segunda mano a menudo formadas por la lectura de información y no por una genuina vivencia, el narrador de La tierra de las naranjas tristes apela a una vivencia colectiva. Aun en el plano ficticio, se entabla un lazo entre el lector palestino y el novelista más allá de su desplazamiento mediante el uso del narrador que podemos llamar ficcionalizado, siguiendo los pasos planteados por Filinich: “El autor puede ficcionalizarse como narrador, como personaje, o como narratario […] La ficcionalización del autor tiene la función de borrar las fronteras de enunciación real o literaria, en la cual están implicados autor y lector, y enunciación ficticia, cuyos protagonistas son narrador y narratario”. (Filinich, 1997: 43).

Estamos, entonces, ante una narración de doble importancia: por un lado, forma parte de las obras de quien será un estandarte de la literatura palestina e identidad nacional; por otro, es una recuperación del arte de narrar que incluía a toda la sociedad y forjaba una memoria colectiva como los viejos cuentos orales, lejos del lector de novelas que acopia para sí, en soledad, toda la experiencia vertida en un relato. El narrador de La tierra de las naranjas tristes que habla de un tú y un nosotros intenta, ficción mediante, entablar un diálogo que sirva como comunión para el pueblo palestino.

“Y la querida Acre comenzó a desaparecer”: la (re)construcción de una identidad y literatura palestinas.

Desde el título del relato es posible discernir el énfasis puesto en la identificación colectiva en lugar de la lucha: las naranjas “tristes” son un símbolo[9] cuya función es afirmar la identidad marcada por la tragedia. Se construye un camino que apela a la intimidad, dejando de lado el propósito de crear, por ejemplo, un gran relato histórico sobre la nakba con héroes implicados en las luchas armadas. El camino que el narrador recorre junto al lector comienza con la inocencia y  desemboca en una triste aceptación de la realidad que vive como niño con su familia, cotejando paso a paso hechos en común con un hipotético lector palestino –y aquí es donde se juega todo en esta narración, en el inseparable nosotros-: “En ese entonces yo era joven, así que probablemente disfruté esos días debido a que impedían que fuese al colegio […] Tú y yo y los demás de nuestra edad éramos demasiado jóvenes para entender lo que significaba lo sucedido de principio a fin, pero esa noche los hilos comenzaron a ser más claros” (Kanafani, 1999: 75, cursivas nuestras).

La familia se representa bajo un esquema general que intenta encerrar a toda la comunidad, esto es, padre, madre y tíos unidos ante el repentino desplazamiento: “Yo estaba parado contra la vieja pared de la casa cuando vi a tu madre subir a la camioneta, seguida por tu tía y los niños. Tu padre comenzó a subir a tus hermanos, hermanos y a a la camioneta, arriba de todas las pertenencias” (Ibídem, cursivas nuestras). El narrador, nuevamente, no es un mero espectador, sino alguien que describe una situación que vive y que a la vez evoca, como se vio en el fragmento anterior, una experiencia en común con los palestinos. Rápida, por lo tanto, es su inclusión dentro de lo que se está gestando, puesto que acto seguido leemos “y luego me tomó y me alzó por arriba de su cabeza y me depositó sobre el techo del auto” (Ibídem.).

El relato continúa con el exilio hasta que surge la primera interrupción genuina tanto en la infancia como en la identidad de los personajes palestinos de la historia: “Por la tarde, cuando llegamos a Sidón, nos convertimos en refugiados” (Ibídem: 76, cursivas nuestras). Si bien la simbología en torno a una gran Palestina que luego se marchita se canaliza a través del recorrido de las naranjas –primero como árboles saludables del hogar, luego como recuerdo y alimento para refugiados y finalmente como un elemento derruido: “La naranja estaba seca y marchita” (Ibídem: 80), es en este registro más crudo marcado por el estatuto de refugiados en donde se focaliza la tensión alrededor del nuevo e incierto futuro de los palestinos y el progresivo desmantelamiento de la nacionalidad y el núcleo familiar: “Comenzaron nuestros problemas familiares. La familia feliz y unida que habíamos dejado atrás, con la tierra, la casa y los mártires que murieron defendiéndolas.” (Ibídem: 78).

Las acciones principales se centran en quienes habían proporcionado el sustento de la familia prototípica y ahora sucumben ante la desesperación: el padre y el tío. La crisis se patentiza como una fuerza externa que arremete contra los que poseían la fuerza para llevar a cabo un cambio ante la mirada de los niños. En efecto, durante las primeras partes de la narración, el padre es quien moviliza a la familia, mientras que el tío consigue un piso para la familia exiliada. Pero estas acciones poco a poco se diluyen y se asiste a una degradación que culmina con la declaración del narrador de que “También dejé mi infancia. Me percaté de que nuestra vida había dejado de ser placentera, y ya no era fácil para nosotros vivir en paz. Las cosas habían llegado a un punto donde la única solución era una bala en la cabeza de cada uno de nosotros” (Ibídem: 80) Parte de la tensión final del relato es precisamente la lucha interna del padre de familia por no asesinar a sus hijos debido a la falta de esperanza por el futuro que les aguarda y, en sintonía, el símbolo de las naranjas es yuxtapuesto al de la pistola, el residuo nacional, por un lado, y la violencia como principio y final de la tragedia, por otro: “Vi en ese momento el negro revólver sobre la mesa y, junto a él, una naranja” (Ibídem).

Dicho esto, por lo tanto, ¿se trata de una narrativa que al fin y al cabo solo se ocupa de la derrota? ¿Acaso no es esto contraproducente para la constitución de una historia y una identidad palestina desde la ficción? Aquí surge una paradoja que ha abordado Cleary en su estudio sobre la formación de naciones e identidades en la literatura de Irlanda, Palestina e Israel: mientras mayor es la intensidad de las ficciones literarias para abordar los conflictos sociales a través del realismo como modo de representación, menor es la capacidad de solución y optimismo en la praxis política. Cleary (2003: 194) nos dice que “en situaciones de extrema represión y lucha revolucionaria, el realismo socialista parece responder más directamente a las exigencias de compromiso político y escritura de protesta, mucho más que los modos literarios experimentales o modernistas” pero que en estas mismas exigencias surge, en muchos casos, el desencanto. Sin embargo, el caso palestino es notable, ya que estos discursos captan una situación de un pueblo que está luchando por una estabilización nacional, histórica e identitaria y no lo paralizan, se niega a caer en la lamentación pese a apropiársela discursivamente.

La tierra de las naranjas tristes no solo trabaja con el recuerdo de una experiencia colectiva, sino que en esta misma operación participa en la construcción de una literatura palestina como institución[10]. Esto es de suma importancia, puesto que en dicha institución se asegura un espacio para llevar a cabo, en el contexto particular de la nakba, una función que Cleary ya había distinguido en varios poemas de Kanafani: “un tipo de rescate textual de la patria perdida. De esta manera, representa una contrapartida imaginativa de la apropiación israelí de la tierra y sirve también para mitigar el sentimiento de alienación experimentado por los desposeídos en el exilio” (2003: 203-204).

La ficción alrededor de la pérdida del territorio, en consecuencia, no es exclusivamente nostálgica. Se revisita en la memoria colectiva a través de la ficción institucionalizada y se intenta así recuperarla en el plano simbólico. Una de las formas en las que se produce dicha recuperación es por medio de la perspectiva árabe frente a la de Israel, el discurso de un pueblo frente a otro en torno a los mismos acontecimientos, de ahí que en la literatura palestina exista “un peregrinaje para renovar el contacto con un pasado perdido. Muchas veces el sitio de ese pasado -la casa familiar, la aldea, la tumba ancestral, la huerta- ha sido literalmente borrado o sobrevive únicamente como ruina” (Ibídem: 89). Las novelas y cuentos palestinos que conforman el canon no producen una literatura nacional de lamentación, sino que logran, como enunciamos sobre La tierra de las naranjas tristes, una continua identificación[11] con un pasado que propone una proyección en el presente y en el futuro.

A su vez, no debemos olvidar que la lectura de una obra contiene también un proceso cuya clausura no es definitiva. Ante los clásicos que conforman el canon –y aquí es vital el rol, nuevamente, de la conformación de una literatura nacional-, las relecturas domésticas, políticas y académicas son constantes. Es en el vínculo entre el acto de leer y la identificación como proceso donde podemos hallar la importancia de La tierra de las naranjas tristes en particular y las obras palestinas post-nakba en general. El dolor y la pérdida plasmados en esta narración operan sobre la constante negociación del presente con el pasado en torno a la historia de un colectivo, negociación que, en el caso palestino, es inevitable[12]: “un aspecto crucial de la construcción y negociación de la identidad se encuentra hoy en las complejas relaciones entre el presente y el pasado, en una base tanto personal como también social e histórica. El pasado figura en general en las auto-representaciones de las comunidades debido a que es a través de las memorias del pasado como nos representamos a nosotros mismos, y comúnmente por medio de la narrativa”. (Walder, op. cit.: 35).

La ficción es especular aquí no por “reflejar” una realidad, sino porque da sitio a una mirada específica –la palestina- entre muchas otras, esto es, crea una mirada. En el caso de La tierra de las naranjas tristes, esto se evidencia explícitamente ante la construcción del narrador que se dirige al lector palestino contemporáneo al texto, pero que también, debido a la situación representada, se extiende a generaciones sucesivas de la comunidad. Si bien no se niega el hecho de que el relato posee un amplio número de lectores de toda clase, se evidencia un propósito pragmático en la instancia narrativa por la combinación tanto del tipo de narrador como la experiencia que es ficcionalizada. Lejos, nuevamente, de aquél narrador que Benjamin describe como alguien cuya pobreza de experiencia se debe a la lectura de hechos de segunda mano –información a través de noticias y novelas- distintos a la tradición de relatos basados en vivencias de sujetos en la comunidad, el narrador del sistema literario del que forma parte La tierra de las naranjas tristes retorna a la experiencia colectiva narrable.

 

Conclusión

El narrador de La tierra de las naranjas tristes explicita el sistema literario palestino –es decir, la institución, siempre fluctuante, llamada literatura palestina- conformado alrededor de uno de los elementos más importantes de la identidad y memoria colectiva palestinas: la nakba[13]. Hemos desarrollado el efecto de permanencia de esta experiencia que, si bien trágica, sirve como motor de toda una literatura, y, por extensión, puesto que nación y novela en ciertos contextos son indisolubles, de un colectivo específico. Mientras que están implícitos en otras obras literarias, el “tú” y el “nosotros” del texto de Kanafani franquean los límites de la ficción e interpelan al lector palestino en la constante construcción identitaria que recupera, al menos textualmente, las tierras y el orden –doméstico, económico y político- perdidos. Se trata, a través del médium narrativo, de no olvidar ni lamentar, sino lidiar con un pasado que aún hoy no está lejos del presente y que no debe ser eclipsado por otras narrativas foráneas que trabajan sobre el mismo campo. La identidad, la memoria y la literatura forman un tríptico que debe ser revisitado y velado al igual que el territorio mismo del pueblo palestino.

 

Bibliografía

Anderson, Benedict, 1993. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. (Ciudad de México: FCE).

Benjamin, Walter, 1986. “El narrador”, en: Sobre el programa de la filosofía futura. (Barcelona: Planeta-Agostini).

Blaisten, Isidoro, 2006. Cuando éramos felices. (Buenos Aires: Planeta/Seix Barral).

Brennan, Timothy, 2000. “The national longing for form”, en: Homi K. Bhabha (ed.), Nation and Narration. (Londres: Routledge).

Cleary, Joe, 2003. Literature, partition and the nation-state: Culture and Conflict in Ireland, Israel and Palestine. (Cambridge: Cambridge University Press).

Gabrieli, Francesco, 1971. La literatura árabe. (Buenos Aires: Losada).

Filinich, María Isabel, 1997. La voz y la mirada. (Ciudad de México: Plaza y Valdes Editores).

Kanafani, Ghassan, 1999. Men in the Sun and Other stories. Trad. Hillary Kilpatrick. (Londres: Lynne Rienner Publishers).

Litvak, Meir, (ed.), 2009. “Introduction”, en: Palestinian Collective Memory and National Identity. (Nueva York: Palgrave Macmillan).

Lukács, Gyorgy, 2010. Teoría de la novela. Un ensayo histórico filosófico sobre las formas de la gran literatura épica. (Buenos Aires: Ediciones Godot).

Raz, Avi, 2012. The Bride and the Dowry. Israel, Jordan, and the Palestinians in the Aftermath of the June 1967 War. (Londres: Yale University Press).

Roger, Allen, 1982. The arabic novel: an historical and critical introduction. (Nueva York: Syracuse University Press).

Siddiq, Muhhamad, 2007. Arab culture and the novel: Genre, identity, and agency in Egyptian fiction. (Nueva York: Routledge).

Vernet, Juan, 2002. Literatura árabe. (Barcelona: Acantilado).

Walder, Dennis, 2011. Postcolonial Nostalgias: Writting, Representation, and Memory. (Nueva York: Routledge).

Watt, Ian, 1957. The rise of the novel. (Los Ángeles: University of California Press).

Webman, Esther, 2009. “The Evolution of a Founding Myth: The Nakba and Its Fluctuating Meaning”, en: Meir Litvak (ed.), Palestinian Collective Memory and National Identity. (Nueva York: Palgrave Macmillan).

[1] Licenciado y Profesor en Letras (UBA), maestrando en Diversidad Cultural (UNTREF). Es autor de artículos sobre Orientalismo en el siglo XIX y literaturas nacionales del siglo XX en revistas especializadas.

[2] Estudios clásicos y más generales sobre la novela por fuera de Medio Oriente son Teoría de la novela, de Gyorgy Lukács (2010), The rise of the novel, de Ian Watt (1957), y Comunidades imaginadas, de Benedict Anderson (1993).

[3] Todas las citas en inglés serán traducidas al español indicando su número de página original, i.e., en este caso hemos traducido el siguiente fragmento: “Unlike other genres, such as the theatre, once the novel strikes roots in a specific cultural setting it tends to make itself indispensable to the discourse of identity in that culture. What this suggests is that the culture in question was itself in the process of migrating from its traditional modes of self-identification and self-expression” (Siddiq: 31) cursivas nuestras.

[4] Asimismo, dio inició a la que luego se denominará “literatura de resistencia”, adab al muqawa. Según Webman(2009: 31), sin embargo, esta surgió más bien “luego de la creación del OLP (Organización para la Liberación de Palestina), y especialmente tras 1967”.

[5] En palabras del arabista Roger Allen: “Kanafani es el novelista cuyo nombre está más asociado a la causa palestina, no solo porque los palestinos ocupan una posición central en sus obras ficcionales sino también porque fue un portavoz del Frente Popular para la Liberación de Palestina” (1982: 68)

[6] Se traduce al Nahda generalmente como “renacimiento cultural” aunque también se utiliza “levantamiento”. Es un periodo que inicia a finales del siglo XVIII con la llegada de Napoleón Bonaparte a Egipto y se extiende hasta las primeras décadas del siglo XX, aunque el mismo Vernet (Vernet, op. cit.) argumenta en varias instancias que el comienzo se encuentra en el siglo XIX. Durante el Nahda, los países árabes renuevan aspectos de su pensamiento y su literatura producto del contacto con Europa. Gabrieli lo resume como “el “impact” de Europa, choque e influencia a la vez, […] que despertó el espíritu árabe en sus mismas reacciones y en sus batallas por la independencia” (Gabrieli, 1971: 245). Sobre la literatura en particular, añade: “Para que la mecanizada cultura tradicional, que se arrastró por inercia en los siglos muertos, se transformara en la moderna cultura y literatura árabe […] era indispensable que se injertase en el viejo tronco la linfa del pensamiento y el arte de Occidente” (Gabrieli, op. cit.: 246).

[7] Como es el caso de la edición de Hillary Kilpatrick que citamos en el presente análisis, Men in the Sun and Other Stories. (Kanafani, 1999). Relato corto y novela quedaron ligados en numerosas ediciones, razón por la cual nos referiremos a este relato en las discusiones sobre la novela pese a que oficialmente no pertenezca a dicha forma narrativa.

[8] Raz sintetiza en tres puntos el terrible golpe de 1967: “La calamidad que los palestinos sufrieron en la Naksah -literalmente “retroceso”, la derrota árabe en Junio de1967-  fue triple. Primero, se les quitó lo que quedó de Palestina luego de la Nakbah (catástrofe) de la guerra de 1948. Segundo, la guerra inició otra gran ola de refugiados. En Noviembre de 1967 el número de aquellos que abandonaron los territorios ocupados o fueron efectivamente expulsados se estimó por los israelís en un 210,000. Tercero, alrededor de la mitad del pueblo palestino se encontró bajo la ocupación israelí (Raz, 2012: 4)

[9] Webman refiere algunos más: “Junto a estos motivos, un número de símbolos -tales como los naranjos, ramas de olivos, llaves de una casa desierta o almohadones- emergieron, preservando tanto la memoria privada como la colectiva nacional”( 31, cursivas nuestras).

[10] Es interesante el análisis de la función de la literatura como institución en el caso de las dos Alemanias durante la Guerra Fría. Al respecto, Cleary señala: “El concepto de una sola Kulturnation alemana que trascendiera los límites estatales fue revitalizado durante este periodo, en parte como una reacción compensatoria de la aparentemente inevitable disolución de una cultura alemana en común” (62).

[11] En sus reflexiones acerca de la identidad, Walder nos sugiere su carácter constructivo a través de la identificación y vuelca su interés hacia este término como proceso y buen punto de partida para abordar al primero: ¿Por qué, entonces, la identificación sería una problemática más útil que la identidad? Si la familiar definición de identificación involucra el reconocimiento de algún origen común o características compartidas con otra persona o grupo, con la solidaridad y alianzas que esto implica, entonces adoptar el acercamiento más discursivo e histórico sugerido por la identificación puede permitirnos ver a la identidad como, una vez más, una construcción que involucra a la memoria, y que por lo tanto es un proceso que nunca finaliza” (2011: 34, cursivas nuestras)

[12] Litvak nota que “a pesar de que la memoria colectiva es la base de toda identidad nacional, parece que cumple un rol más substancial en la formación de la auto-percepción y la cultura de comunidades que han sufrido derrotas históricas (tales como los serbios, los judíos y los palestinos)” (2009: 1).

[13] Litvak sostiene que “El mayor elemento formativo de la identidad palestina es, sin embargo, la nakba.”(2009: 4), ya que ella interviene en la memoria colectiva, único elemento constitutivo en la identidad de dicho pueblo, puesto que la lengua nunca fue distintiva y el territorio, otro posible elemento constitutivo, fue parcialmente perdido y dividido.