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Por Gonzalo Esteban Calderón Mendoza*[1]

 Ingresar al oleaje de Une bouteille à la mer[2](2011), del director francés Thierry Binisti, desde una mirada que pretende ser politológica, implica enfrentar –y confrontar– cuestiones que atañen a la apreciación misma del concepto de política, y de la expresión de sus subjetividades en sociedad(es).

Con la carga de los derroteros de una historia a la manera de Hollywood, el filme se embarca en un viaje que, inicialmente, asemeja a una marea maniquea de opuestos insalvables, pero que se va apaciguando –si no, diluyendo– conforme la trama avanza lejos de las costas.

La política, en medio de la ocupación sionista de Palestina, con sus correspondientes conflictos (bélicos o no), no se presenta como sustituto de la guerra, sino como representante de esta última. El derecho no deviene como expresión de una sociedad plural; es, en todo caso, una ausencia que se hace patente en la opresión de una sociedad plural que no es reconocida como tal por parte de los entes dominantes; es una legitimación política de la indiferencia y una “balanza” equilibra de la (in)justicia imparcial en un contexto que repele, por sí mismo, la imparcialidad.

Aunque en un principio la esencia de la película intenta distanciarse del empalagoso melodramatismo de las películas tachadas de comerciales, se cambia el sueño americano por el sueño francés. No se puede pedir otra cosa: una producción francesa, canadiense e israelí con el “apoyo” de la Israel Film Fund.

Es un poco chocante plantear escenarios símiles basados en un par de computadores y unas cuentas de correo electrónico; entre un Gazaman y una chica francesa que se ha hecho una perforación a espaldas de sus padres. Todo lo anterior demuestra el fracaso práctico de lo que otrora se presentó como el sustento salvador ideológico del liberalismo en cabeza de John Rawls.

Ideas como la defensa de los derechos humanos como máxima angular, y el establecimiento de principios de distribución y de jerarquías de justicia que no dependan de las intuiciones de aquellos que tienen a su cargo las políticas públicas, acaecieron como pensamientos materialmente imposibilitados para encarar el problema de las subjetividades políticas: si no hay Estado (subjetividad/colectividad mayor) no existirían, entonces, tales subjetividades particulares.

Los valores de libertad e igualdad, que buscan ser exaltados en la producción cinematográfica, y que se creían conciliados con el ascenso de la Teoría de la justicia (1971), y, asimismo, de la coexistencia sostenida de las libertades políticas y las libertades cívicas, se tradujeron en producciones jurídicas y en acervos jurisprudenciales, a niveles nacionales e internacionales. No obstante, el/la palestino/a no es ciudadano/a de ningún Estado, su marco de (cómoda) indiferencia está totalmente reducido por un círculo de supervivencia que se vuelve más angosto. Los derechos humanos erigen su existencia como vacío.

El espacio vital o de derecho a la indiferencia –e incluso a la ignorancia selectiva– germina ávidamente en el artificio de una sociedad israelita (sionista y de muchas nacionalidades) que vacía el terreno para cubrirlo de superficialidades “incluyentes” (ej.: festival gay de Tel-Aviv).

El entendimiento dialéctico que empieza a forjarse el curso de la película es superficial, efímero y conveniente. El reverdecimiento de la proposición del contrato social es casi una tragedia griega actualizada: una condena eterna que no se puede romper; un sufrimiento que sólo puede resignificarse en adornos legislativos, en resoluciones sin fuerza de ley. El velo de la ignorancia presenta la capacidad para mutar tonalidades, siendo la “falta de información” una y numerosas simultáneamente. El marco de indiferencia es, en otras palabras, proporcional al marco para la toma de decisiones, al marco de oportunidades: daños colaterales que se minimizan ante la barbarie del extremista.

La razón pública se mal construye. El entendimiento no puede sobrevivir allí donde esa razón pública es susceptible de ser monopolizada. Una salida por la vía del diálogo y la negociación, un conflicto bélico fundado en las iniquidades, precisaría de una razón pública que sea realmente “razón” y verdaderamente “pública”. La subjetividad política ha de circunscribirse a la noción de ciudadanía. En Una botella al mar de Gaza se permite un ambiente de legitimación para la jerarquía de las subjetividades y las no subjetividades: el exilio como objetivo deseado por uno de los protagonistas, el desarraigo como el “menor” de los males. La “libertad” individual a la forma occidental versus la paquidermia rígida del autoritarismo árabe y musulmán. ¿Casos casuales de la cotidianidad o estereotipia como símbolo del privilegio (cuasimaterial) de la razón pública? Un derecho de gentes brota como imposibilidad manifiesta en cuanto la determinación de la decencia de las sociedades es una tarea dificultosa.

La pretensión de imparcialidad no es garantía –en absoluto– del camino hacia al éxito conversacional. En ciertos casos puede llegar a ser una apología a la insensatez, una invitación a minar las bases del futuro, de la memoria histórica y de la reparación a las víctimas. Un velo está para cubrir las miradas: ya sea un velo de la ignorancia, ya sea un velo de la verdad. Es inexorable la ampliación de las perspectivas –y las prospectivas– para aprehender que el reparto de los actores en juego sobrepasa, con creces, el ámbito de las dicotomías.

Comprender que la política, como término y práctica, es también un desacuerdo. Siguiendo la línea de Jacques Rancière (1996), es útil entender que cuando hay una parte en la sociedad que no es reconocida y esa parte actúa y habla para demandar reconocimiento, en ese momento, se instaura lo político. La política es siempre una especie de fractura en el orden social. Dada una división de las partes que ya está instaurada, la política siempre viene a romper con esta estructura dada y a plantear una reestructuración problematizando el principio de igualdad más allá de una visión de distribución de recursos.

La (solución) políticacomo ruptura ha de producir una subversión de la totalización diferencial ideológica y hegemónica, respondiendo a un conflicto político que es la tensión entre un cuerpo social estructurado en el cual cada parte tiene un lugar y “la parte de ninguna parte” que perturba ese orden invocando el principio vacío de la universalidad:de la igualdad de principio de todos los seres humanoscomo seres hablantes.

Una alternativa a la guerra crecepor medio de un desacuerdo propio de la política. Entendiendo dicho desacuerdo no como desconocimiento ni malentendido, sino como situación de habla en la que uno de los interlocutores entiende y, al mismo tiempo,no entiende lo que dice el otro. No se trata de un desacuerdo puramente lingüístico, sino que en general “…se refiere a la situación misma de quienes hablan” (Rancière, 1996: 10). Es un entorno en la que dos interlocutores hacen referencia a un mismo término, pero no lo entienden con el mismo significado debido a que no han llegado a un acuerdo en“…lo que quiere decir hablar”(Rancière, 1996: 9). Cuando el sionista conozca de humanidad, cuanto el fundamentalista conozca de esperanza…

Que se establezca un acuerdo en la arena de posibilidades para ejercer lo que se llame libertad, trascendiendo la decisión de elegir el licor que desaparecerá para dejar libre la botella, para liberar el espacio que podría ocupar el sinfín de los mensajes de las subjetividades, evitando los niveles de incontabilidad que podrían redundar en la estructuración de nuevos riesgos que alimenten asentamiento de dominaciones y que abonen la tierra para el cultivo y la cosecha de la violencia ilegítima.

Bibliografía

Rancière, Jacques 1996 El desacuerdo: filosofía y política.(Buenos Aires: Nueva Visión).

Rancière, Jacques 2006Liberalismo político.(México: Fondo de Cultura Económica).

Rawls, John 2006Teoría de la justicia .(México: Fondo de Cultura Económica).

 

[1] Politólogo, Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá. Máster en Antropología Social, Facultad de Formación del Profesorado, Universidad de Extremadura.

 

[2] Adaptación de la novela Quand j’étais soldate (Una botella al mar de Gaza), de Valérie Zenatti, quien coescribe el guión con el director. Al español se tradujo como Una botella en el mar de Gaza.

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