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Palestina y sus mujeres bajo ocupación: los muros del apartheid y el ancho mar de las estrellas

Apontamentos para a Causa Palestina
octubre 18, 2017
Nota al pié de Gaza, Joe Sacco
octubre 18, 2017

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Por Karina Bidaseca[1]

 Resumen

Para las mujeres palestinas la ocupación del territorio es análoga a la ocupación de sus cuerpos. En Palestina la lucha de las mujeres tiene tres miras: contra el patriarcado, contra la ocupación israelí y contra la mirada occidental, que tiende a relegarlas a un papel doméstico. Este texto aborda la discusión acerca de los escritos en los cuerpos racializados de las mujeres palestinas que obedecen a lo que llamaré una “nueva razón imperial”. En ellos inscribe el guión de los “fundamentalismos coloniales globales”.

Palabras clave:

Mujeres palestinas- apartheid y colonialidad- feminismo poscolonial- razón imperial- fundamentalismos coloniales globales-

Abstract

For Palestinian women the occupation of the territory is analogous to the occupation of their bodies. In Palestine the struggle of women has three aims: against patriarchy, against Israeli occupation and against the Western gaze that tends to relegate them to a domestic role. This text addresses the discussion about the writings on the racialized bodies who obey what I will call a “new imperial reason.”that inscribes the script of “global colonial fundamentalisms”.

Key words: Palestinian women – apartheid & coloniality – postcolonial feminism – imperial reason- global colonial fundamentalisms

 

 Una mujer. Palestina. Un cuerpo colonizado

 

¿Dónde deberíamos ir después de la última frontera;

dónde debieran volar los pájaros después del último cielo?

Mahmoud Darwish

Sólo quiero morir en mi tierra, que me entierren en ella; fundirme y desvanecerme en su fertilidad, para resucitar siendo hierba en mi tierra; resucitar siendo flor, que deshoje un niño crecido. En mi país. Sólo quiero estar en el seno de mi patria. Siendo tierra. Hierba. O flor.

Fadwa Tuqan

 

Me arrestaron en la ciudad de Nablus, una noche en que hacía menos 4 grados y nevaba. Estaban tan irritados que parecía que me iban a matar con la mirada. Me llevaron a la cárcel y fue el momento más horrible de mi vida. Me colocaron en un lugar abierto, amarraron mis pies y me vendaron. Me sacaron los zapatos y la chaqueta. Yo sentía piedras y agujas en el piso. Entonces me pidieron correr. Soltaron perros atrás de mí. Yo corrí y sentí que había perdido toda mi resistencia. Hasta hoy, no consigo oír ladridos de perros. () Pero el teatro me devolvió mi poder. Cuando estoy en el teatro, siento que tengo el poder de todas las personas del mundo, especialmente si tengo un público. Cada vez que termino una actuación siento que nací de nuevo. Es un sentimiento extraño. Cuando el director nos pide recordar la voz de los opresores en el entrenamiento, es como una revolución. Tienes que pasar por eso para poder resistir.

Testimonio de Sireen Khudairi que vive en el campo de refugiados de Dheisheh, en Belén.[2]

 

Sobre Palestina, sobre su cuerpo social racializado, se escribe la “nueva razón imperial”. Pérdida de una comunidad arrojada a la intemperie del exilio de la historia, los acontecimientos de la ocupación y expulsión palestina “han dejado al viejo hogar familiar como un lugar de doloroso recuerdo y un símbolo de lo que fue tomado” (2017: 10) escribieron Ahmad H Sa´di y Lilia Abu-Lughod.

La guerra de 1948 que condujo a la creación del Estado de Israel tuvo como consecuencia, también la devastación de Palestina. La dialéctica de la muerte y el renacimiento, tan propia del mundo occidental, reunidas en un mismo acontecimiento que fue, ante el mundo, silenciado.

“Cincuenta años después

estoy tratando de contar la historia

de lo que se perdió

antes de mi nacimiento

la historia de lo que estaba allí

antes de que la casa de piedra cayera

el mortero explotó

las rocas sueltas fueron llevadas lejos para nuevos propósitos, o aplastadas

la tierra se declaró limpia, vacía….”

 

En esta poesía de Lisa Suhair Majaj, se condensan imágenes de una vida entre. Ese tipo de historia que se repite a sí misma entre las y los palestinos. Una y cada una de las distintas generaciones que han sobrevivido a la catástrofe pueden armar el puzzle de piezas que se han astillado, convirtiendo las casas de las aldeas en millones de partículas de piedras dispersas por el desierto, que más tarde, serían utilizadas para edificar el brutal Muro del apartheid.

Después de la Nakba, no todos abandonaron Palestina. Algunos de ellos quedaron bajo el control territorial del Estado de Israel. Palestina fue expoliada, dividida en distintas áreas. Siendo los movimientos de sus pobladores ahora controlados por otros. Los colonos israelíes, a través de las necropolíticas de control sobre las y los colonizados, intentan lograr lo que Frantz Fanon llamaba una “pseudopetrificación”. Especialmente en las zonas de la Ribera Occidental y la Franja de Gaza. Bajo una organización colonial del espacio, los checkpoint organizan los pases de un sitio a otro, en un sentido tangible de restricciones para las y los refugiados internos, reconocidos con la categoría legal de “ausentes presentes”.

En los escenarios bélicos de la historia, el binomio Guerra Colonial/Guerras de Liberación Nacional en el Tercer Mundo, durante la “Guerra fría”, o en los escenarios actuales de guerras difusas en el sur global, los silenciamientos que persisten en torno de la utilización de los cuerpos de las mujeres como último bastión de la soberanía, obedecen a la matriz fundante de la razón imperial y a la colonialidad del poder (Quijano, 2000) y del genero, que estableció una separación radical entre la humanidad y los considerados no-humanos.

La visión más desgarradora fueron los gatos y perros ladrando y haciendo jaleo, tratando de seguir a sus dueños. Yo escuché a un hombre gritarle a su perro: Vuelve! Tú al menos puedes quedarte! (citado por Abu-Lughod y Sa´di, 2010: 20)

Para las mujeres palestinas la ocupación del territorio es análoga a la ocupación de sus cuerpos. El cuerpo femenino como primera colonia humana, comprendida como cuerpo social es utilizado para emitir mensajes coloniales. Las violaciones por medios sexuales constituyen un medio y no un fin en sí mismo, al decir de Rita Segato (2003). En Palestina la lucha de las mujeres tiene tres vértices: contra el patriarcado, contra la ocupación israelí y contra la mirada occidental, que tiende a relegarlas a un papel doméstico.

El correlato de este nuevo orden, en el cual el capitalismo surge como la única posibilidad triunfante de existencia, no fue justamente el fin de la violencia armada. En la ex Yugoslavia y los Balcanes; otros conflictos como excrecencias del período postcolonial en África; guerras internas o contra los Estados; invasiones militares en nombre de los Derechos Humanos en el marco de los programas de las Naciones Unidas para mantener la paz mundial…

En este contexto de militiarización, las violaciones a las mujeres se tradujeron en “armas de guerra”. “Hay pruebas de que en los conflictos postcoloniales la agresión sexual sucedió a gran escala. Durante la subdivisión del subcontinente indio entre la India y Paquistán en 1947, se calcula que 100.000 mujeres fueron violadas, raptadas y casadas a la fuerza. (…) (UNRISD, 2006: 250)[3]. La Relatoría de las Naciones Unidas sobre violencia contra la mujer informó en 1998 que el matrimonio y la prostitución forzosos, y la esclavitud sexual sobre mujeres en cautiverio para disponibles para brindar servicios sexuales a los soldados, formaban parte de las violaciones a los derechos humanos. Fue en 1992 cuando la violación se reconoció como un arma de guerra. Los tribunales sobre genocidio fueron atendidos por los medios de comunicación de masas a nivel mundial, que se enfocaron en la violación masiva de mujeres en Bosnia y Herzegovina, seguida por la de entre 250.000 y 500.000 mujeres durante el genocidio de 1994 en Rwanda.”  (UNRISD, 2006: 250).

Si durante las décadas de 1980 y 1990 el cuerpo racializado e infectado por el SIDA fue simbolizado por distintas prácticas artísticas en el Norte y el Sur, para mostrar cómo se intersectaban las diferencias raciales y sexuales, en las décadas siguientes los cuerpos de las mujeres se convirtieron definitivamente en armas carnales y víctimas sacrificiales de los conflictos internacionales, como centro de los debates sobre republicanismo, laicismo y democracia.

En el escenario de la post-guerra fría de fin del siglo, dos tesis se tornaron hegemónicas: la que se conoce como el “fin de la historia”, sostenida por el influyente politólogo estadounidense de origen japonés, Francis Fukuyama; y la tesis del “choque de civilizaciones” promovida por Samuel Huntington -conocida a partir de un artículo publicado en la revista estadounidense Foreign Affairs en 1993 y transformado en libro en 1996 bajo el título: “The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order” (Sion & Schuster)-. Si en este libro el autor sostiene que el binarismo de la guerra fría fue sustituido por el “choque de civilizaciones”, el intelectual de origen palestino, Edward W. Said, responderá con su obra “Orientalismo” (1973).  En sus palabras: “las culturas son híbridas y heterogéneas (…) las culturas y las civilizaciones están tan interrelacionadas y son tan interdependientes que es difícil realizar una descripción unitaria o simplemente perfilada de su individualidad” (p. 456).

Se trata de un libro atado a la dinámica tumultuosa de la historia contemporánea. “Abre con una descripción, que data de 1975, de la guerra civil en Líbano, que terminó en 1990. Llegamos al fracaso en el proceso de paz de Oslo, al estallido de la segunda Intifada, y el terrible sufrimiento de los palestinos de las re-invadidas franjas de Cisjordania y Gaza. La violencia y el horrible derramamiento de sangre continúan en este preciso instante. El fenómeno de los bombazos suicidas ha aparecido con todo el odioso daño que ocasionan, no más apocalíptico y siniestro que los sucesos del 11 de septiembre de 2001 con su secuela en las guerras contra Afganistán e Irak. Mientras escribo estas líneas continúa la ocupación imperial ilegal de Irak a manos de Gran Bretaña y Estados Unidos. Su estela es en verdad horrible de contemplar. Se dice que todo esto es parte de un supuesto choque de civilizaciones, interminable, implacable, irremediable. Yo, sin embargo, pienso que no es así.” (citado por Duplá, 2003)

Esta obra tendrá una influencia decisiva en el pensamiento feminista postcolonial, de la reconocida feminista india Chandra Talpade Mohanty por su libro “Bajo los ojos de Occidente: academia feminista y discursos coloniales” (1984), que fuese revisado más tarde. Junto con Gayatri Chakravorty Spivak y su trabajo más citado “¿Puede el subalterno hablar?” (1988), ambas autoras cuestionan lo que denomino “retórica salvacionista” de los feminismos liberales del Norte que producen el estereotipo racial de la “Mujer del Tercer Mundo”. Mohanty, propone la idea de que cualquier construcción intelectual y política de los “feminismos del Tercer Mundo” debe contemplar el tratamiento de dos proyectos simultáneos: por un lado, la crítica interna de los feminismos hegemónicos de Occidente y, por otro, la formulación de estrategias feministas basadas en la autonomía de las mujeres teniendo en cuenta sus geografías, sus historias y sus propias culturas. Algunos escritos feministas “colonizan de forma discursiva las heterogeneidades materiales e históricas de las vidas de las mujeres en el Tercer Mundo, y por tanto, producen/representan un compuesto singular, la “mujer del Tercer Mundo”, una imagen que parece construida de manera arbitraria pero que lleva consigo la firma legitimadora del discurso humanista de Occidente” (Mohanty, 2008: 121).

Este texto aborda la discusión acerca de los escritos en los cuerpos racializados de las mujeres palestinas (Bidaseca, 2015) que obedecen a lo que llamaré una “nueva razón imperial” que en ellos inscribe los guiones de los que defino “fundamentalismos coloniales globales” (culturales, religiosos, políticos, económicos y epistémicos). ¿Cómo semantizar el desgarramiento del cuerpo femenino? ¿Cómo se procesa el trauma cultural? ¿Cuál es la toca de la responsabilidad feminista ante el problema de la narración de la memoria? Frente a lo “inenarrable”, ¿cómo llegar a escribir una narrativa feminista que sea eficaz simbólicamente de escribir esas pérdidas, que sea capaz de interpelar al mundo?

 

La novia virgen violada

En “La violación de Qula, una aldea palestina destruída”, Susan Slyomovics escribe que en  1985, contestando a la pregunta de los investigadores de la Universidad de Birzeit acerca de cuándo los aldeanos pensaron en partir, Abu Faruq insiste en que la única preocupación de los aldeanos era “sharaf al-binat”  (el honor de las niñas): “La primera cosa por la que dejamos nuestra aldea fue ‘ird (honor), sólo ‘ird, ni dinero, ni niños, sólo sharaf, porque nosotros nos enteramos sobre Deir Yassin y Tantura próximas a nuestra aldea donde ellos hicieron cosas a las niñas.” Abu Faruq se refiere a la atrocidad más famosa de la guerra de 1948, que fue llevada a cabo el 9 de abri en Deir Yassin cerca de Jerusalén. Aproximadamente 105 aldeanos palestinos fueron masacrados por fuerzas judías. En Tantura, sobre la costa sur de Haifa, donde los aldeanos fueron expulsados el 22 de mayo, las historias de violación de Abu Faruq son corroboradas por Morris citando el archivo. Más cerca de Qula, en la aldea de Abu Shusha en el distrito Ramla, el libro de Morris presenta el caso de un intento de violación, por un soldado de la Hagana,  de una mujer de veinte años prisionera, como lo hace la monografía Destroyed Palestinian Village dedicada a Abu Shusha (Morris 2004: 256 y Ya’qub 1995).

Los palestinos utilizan las metáforas de violación para designar la pérdida de la patria y, sostiene la autora, enmascarar la experiencia de la violación. “El tropo de Palestina, la novia virgen violada violentamente por un enemigo invasor, complementa las metáforas subsiguientes de violación (…) Estas representaciones palestinas de la pérdida colectiva y el trauma como la violación han suscitado duras críticas y auto-crítica como nostalgia retrógrada, o son valorizadas alternativamente por movilizar la conciencia colectiva y la resistencia política. El problema con las metáforas, sin embargo, es que ellas aniquilan la historia y disuelven la temporalidad, especialmente en lo que concierne a las funciones de la memoria y al testimonio oral con respecto a la historia nacional palestina. La relación entre la historia vivida (la verdadera violación) y los textos (la violación metafórica de Palestina, la patria), es una relación de oposición, opacidad y trastruecos cronológicos.” (p. 37)

“Qué es la violación cuando no está documentada? O cuando está documentada de manera incompleta en la medida en que la víctima de la violación entra en un sistema de investigación académica que lo transforma en una categoría colectiva detrás de los cuales los soldados israelíes tienen garantizado el anonimato?”, se interroga el texto con una valiente toma de posición al interior del campo académico que es funcional en su complicidad con las violencias contra las mujeres. Obligadas a parir en los checkpoint israelíes, porque no se les concede el permiso para asistir a los hospitales, entre 2000 y 2007 el 10% de las mujeres tuvieron que dar a luz en un puesto de control. Al menos 35 bebés y cinco mujeres palestinas murieron en este período. (Ministerio de Salud palestino) Quienes se quedaron fueron sometidos a adoptar el lenguaje del colonizador, a trabajar en tareas de servidumbre. Aunque en estado de espera. “El campo es una estación de espera en el camino de retorno a nuestra tierras y propiedades en Palestina, que fue ocupado en 1948” (Al-Qalqili, 2004, citado por Jayyusi, p. 102)

Como un secreto a voces, la violación como una arma de dominación y de tortura permanente y sistemática que las mujeres detenidas invisibilizaron al no comunicar, se convierte en desigualdad y requería ser esparcido en el mundo de lo común. La autocensura da cuenta de la privatización del daño y de la violencia que lo ha causado. Paradojalmente es un acto comunicativo como indica Segato, un mensaje que tiene destinatarios y que se distribuye hacia otras direcciones, a la propia comunidad y a los varones subalternizados. Es decir, se trata de una violencia expresiva más que instrumental. “El cuerpo de la mujer es un resto de un festín donde el poder se constituye y se consolida mediante esa rapiña compartida.” expresa la autora en una entrevista.

La reflexión en torno a las condiciones específicas del espacio, de la subjetividad de género y la sexualidad, parte de la categoría de encierro – ya sea real o imaginado, literal o metafórico- como una instancia demarcatoria de un cuerpo que se autodisciplina, y que diseña un perímetro de circulación autorizado. Que es también el del dominio territorial del Barón sobre el cuerpo femenino que “ahora se volvió capaz de controlar de forma irrestricta su territorio” (Segato, 2003:12).

El patriarcado y la ocupación son funcionales a la edificación de muros. En 2003, Rachel Corrie, una joven estadounidense fue arrasada por un buldócer militar israelí en marzo, cuando se oponía a la demolición de viviendas en Rafah (Gaza). En marzo de 2015 el Tribunal Supremo de Israel exoneró al ejército de responsabilidades en esta muerte.

El informe de 2016 de la asociación de derechos humanos Adameer (“Vidas ocupadas: encarcelamiento de mujeres y niñas palestinas”) señala que, desde el inicio de la ocupación en 1967, las fuerzas israelíes han detenido y arrestado más de 10.000 mujeres palestinas, sobre todo en las calles, puestos de control militar o durante redadas nocturnas (106 mujeres y niñas detenidas en 2015, un 60% más que en 2014). Actualmente hay unas 60 mujeres presas en cárceles y centros de detención, según el informe. El encierro afecta seriamente a la salud mental de las detenidas. Hanan Blaidi Salman de la organización  Palestinian Women Developing Center, en la entrevista pone el ejemplo de una muchacha de 13 años, que ha pasado seis meses presa en las cárceles del Estado de Israel y a la que han prestado ayuda. “Hay gente en la cárcel sin cargos y detenida sin una denuncia previa, también se han producido huelgas de hambre; en ocasiones los presos salen tan mal de la cárcel, que se mueren…”. Otro frente es el jurídico, ya que el peso de las leyes israelíes cae con toda su fuerza.

Particularmente, siempre está la perturbación de sentir haber llegado tarde. “Pero en lo más profundo de sí mismo, el colonizado no reconoce ninguna instancia. Está dominado pero no domesticado. Está interiorizado pero no convencido de su inferioridad (…) en su interior el colonizado sólo obtiene una pseudopetrificación”, describía en Piel negra, máscaras blancas Fanon (1983: 46). Por un lado, la razón imperialista ejerce la violencia intrínseca del silenciamiento de la demora, por otro las propias narrativas de las mujeres humilladas son subestimadas a menudo por las propias mujeres cuyos procesos de concientización suele tardar décadas. La esperanza no se encuentra bajo ocupación.

En abril de 2002, cuando el Ejército israelí se retiró del campo de refugiados de Yenin (en Cisjordania) tras la operación ‘Muro Defensivo’, una de las más sangrientas, una periodista escribió: “En ese momento el único movimiento en el terreno era de mujeres. El escenario era de completa destrucción, pero ellas reaccionaron, salieron a rebuscar entre los escombros, a atender a los demás. Las mujeres rehacen y recuperan la vida en los momentos más atroces”.

 

Trauma, cuerpos como archivos y memoria

El lenguaje es del crimen del poder. Un poder que silencia, se exhibe y se autoinmuniza a partir de las violencias que el mismo impone. En los años que demora la escritura de una narrativa que permita construir la voz narrativa y el espacio de la escucha, quienes lograr desgarrar las vestiduras del colonialismo, van en búsqueda de una lengua.

Bajo constante amenaza de borramiento de la identidad y en una carrera contra el tiempo, mientras las jóvenes generaciones de la “posmemoria” (Hirsch, 1997) -muchas de las cuales ni siquiera han nacido en su patria y crecieron envueltas en narrativas que antecedieron a sus nacimientos- enfrentan el duelo de la pérdida, la actualización permanente de la catástrofe dejó entrever que esos cuerpos, ya ancianos y cansados, se han vuelto verdaderos “cuerpos archivos”, tan vitales para el ejercicio de la transmutación de la memoria oral a las palabras escritas.

Palestina en 1948 es el caso típico de una historia llena de agujeros, explica Abdel Jawad, citado en el capítulo de Susan Slyomovics. “Cuando las voces de los sobrevivientes y víctimas son inaudibles excepto como simples casos, las consecuencias para aquellos que son los sujetos de la represión son políticas y éticas. Así también son las consecuencias metodológicas, porque está impedida la creación del testigo secundario: el historiador y el antropólogo empíricamente atento e informado por la presencia plena de palestinos hablando y recordando. Por lo tanto, no es necesario oponer la historia escrita a la memoria de testigos; más bien la memoria es una fuente, pues por cierto ella impulsa la historia instigando la investigación de hechos precisos, empíricos acerca de lo que ocurrió en cada aldea palestina destruida”. (2017: 32)

Los árboles activados como sitios de la memoria. El cuerpo encarnando en el paisaje de la aldea, mimetizado con los árboles, corporeizado en la memoria colectiva. La edificación del Muro del apartheid supuso la extracción de raíz de los árboles de olivo, pertenecientes a cada familia palestina que los plantó en cada porción de la tierra. Se extirpaba con ellos la memoria, se los sustituía por abetos europeos. Unos y otros, son extranjeros en esa tierra. Pero, como en el poema de Darwish citado por Lena Jayyusi: “sólo los árboles de olivo permanecerán como un sustituto viviente, fragmentado de la experiencia colectiva en Palestina. (p. 97)

La memoria palestina logró, contra las omisiones y silenciamientos, reunir las astillas contra el olvido. Como interpreta Lena Jayyusi “Repetición, acumulación y presencia. Las figuras relacionase de la memoria palestina”, “cada nueva historia es un eco dentro de otro eco” (2017: 87). Sin embargo, prosigue, “no es la repetición por sí sola, sino una característica más la que junto a ella es significativa: esto es la simultaneidad del hecho narraba repetible, presente dentro de la narrativa misma y repetido de manera interminable en un relato tras otros” (2017: 88). Memoria disidente, contra-memoria colectiva, la memoria pública de las y los palestinos comunes se mezcla en intertexturas diferentes, nunca planas.

Con los olores, las funciones metonimias de los árboles, las poesías de Mahmoud Darwish, la música, con los cuentos tradicionales que narraban las mujeres que fueron subordinadas como historias menores, tal como analiza en su trabajo Rosemary Sayigh “Historias de las mujeres de la Nakba. Entre ser y saber”. Los estudios de Hilma Granqvist citados por la autora mencionan c´pmo en la aldea de Artas a comienzos de siglo XX, bajo mandato británico, las canciones y danzas que celebraban la institución del matrimonio eran parte de los repertorios de mujeres. Expandiendo la historia, estas evidencias hablan de un cambio cultural en el exilio por el cual las mujeres lograron desafiar las exclusiones de la historia y el “permiso para narrar” (Said).

Sabemos que la historia que se conoce, la historia oficial siempre es obra del colonizador. Él ha desacreditado el trabajo de alumbramiento de las memorias orales en favor de los archivos escritos del Estado, ante la apatía del mundo.

El lugar de las mujeres palestinas en estas memorias es vital para la superación de la analogía entre la violación de los cuerpos y la violación de Palestina, como también en un punto del relato que analiza Haim Bresheeth en “La continuidad del trauma y la lucha. Representaciones cinematográficas recientes”. En el film de Bakri Jenin, Jenin una niña joven dice: “Los israelíes pueden matar y mutilar, pero ellos no pueden ganar… todas las madres tendrán hijos … y nosotros continuaremos la lucha” (2017: 130). O para el tráfico de semen que las mujeres realizan a través y a pesar del control de sus fronteras.

En un gran número de los relatos podemos hallar la forclusión o regreso de lo reprimido colonial. Las violaciones como táctica militar, como mencionamos, son reconocidas a lo largo de la historia y luego de 1992 en la guerra de la Ex Yugoslavia reconocidas por Naciones Unidas como “armas de guerra”. “Mientras las violaciones eran por cierto actos de violencia corporal sobre los cuerpos de las mujeres palestinas y los honores de los hombres, los nacionalistas también las veían como actuaciones simbólicas de la superioridad y la dominación israelí sobre la nación palestina” (Massad, 1995; Peteet, 1991 y Warnock, 1990 citados por Isabelle Humphires & Laleh Khalili en “El género de la memoria de la Nakba”. Entreverados en la épica nacionalista, este trabajo muestra cómo el movimiento nacionalista eligió el slogan “la tierra antes que el honor” (p- 161).

Aún cuando las condiciones limiten la agencia humana, las mujeres resisten y construyen poder, tan potente como estos actos cotidianos lo demuestan. Madleen Kullab, de 21 años, es la única mujer pescadora (conocida) en la franja de Gaza. El mar Mediterráneo sirve de medio de vida de unas 8.000 familias en Gaza. Hoy, con la frontera de pesca impuesta por Israel, los pescadores de Gaza solo pueden acceder a menos de un tercio de las zonas de pesca asignadas en virtud de los Acuerdos de Oslo: 6 de las 20 millas náuticas. Además, trabajar como pescador es ya de por sí peligroso. La marina israelí dispara regularmente a los barcos palestinos que consideran han cruzado la zona de pesca acordada, a veces resultando en lesiones o incluso la muerte. Pero a pesar de la dificultad para capturar peces en la región restringida, Madleen Kullab, toma un barco en busca del mar cada día. Es la única pescadora en la franja de Gaza, comenzó a pescar con su padre cuando solo tenía 6 años: “el mar es mi vida, mi trabajo, mi afición, y el lugar donde puedo encontrarme a mí misma”. Ella no ve ninguna razón por la que ser mujer deba detenerla.”. http://www.unrwa.es/actualidad/actualidad/1674-la-mujer-pescadora-madleen-kullab-gaza

Metáforas de la vida y la muerte, de la sobrevivencia es un acto de resistencia frente al colonialismo, frente al olvido.

En el plano internacional, cuando Palestina intenta narrar su historia (…) se la ataca sistemáticamente. Incluso cuando se presenta una obra de teatro o documentales, la cancelación del tour del grupo Hakawati en 1998 en el Public Theater o la amenaza de suspensión se restituyen si se incluye un Panel con la representación de la “otra parte”.

“Siempre somos la otra parte de la otra parte y eso ha dado cierta incoherencia en el discurso palestino: cada vez que hablamos en público, como me sucede a mí, es necesario comenzar la historia desde el principio. Además de hacernos parecer incoherentes, también nos presentan como inhumanos. Da la impresión de que se está hablando de gente sin historia (…) La mayoría de nuestra gente no vive en Occidente, por lo que resulta casi imposible derribar esa barrera”. (La pluma y la espada, p. 46)

Ese “permiso para narrar” por el cual su pueblo no puede representarse por sí mismo; “sólo pueden representarse a través del filtro de la negación israelí y la complicidad de Estados Unidos” (47). No hay lugar para el pueblo palestino en el “banco mundial de la memoria”.

Solía decir Said que la situación singular de este pueblo es que “somos las víctimas de las víctimas –lo cual es bastante inusual (…) estamos sujetos a un colonialismo único. Nos quieren muertos o exiliados”, afirmaba.

¿Qué significaba ser palestino? Y cómo se relacionaba con la identidad, la memoria y la historia. Edward Said decía:

“Nosotros nos mantenemos firmes en el tema de la identidad como algo mucho más significante y políticamente democrático que la mera residencia y servidumbre que Israel nos ofrece. Lo que nosotros pedimos como palestinos es el derecho a ser ciudadanos (…) Elegir esa identidad es hacer historia, no elegirla es desaparecer” (citado por Aruri: 2003: 27 /28)

Su amigo Eqbal Ahmad, lo recuerda “haciendo un retrato del palestino como una sombra del judío, una sombra que no desaparecerá salvo con un abrazo humano” (2002: 20).

El pasado es presente. La Nakba no ha finalizado aún. Ha sido siempre movimiento. “El tiempo dentro del tiempo: el bolsillo o el pliegue del tiempo desplegado, abierto” (Jayyusi, 2017: 103).

Siempre retorna.

“Como el olor de los higos maduros en un supermercado en Perth que me ubicaban, por un maravilloso momento, bajo la gran higuera en el patio de atrás de nuestra casa en Haifa.”, escribía el poeta Falaz Turki en este bellísimo poema citado por los editores.

¿Cómo es posible que no haya un día en la existencia de este pueblo en que la Nakba continúe? Mientras la confrontación prosigue, y con ella los funerales que recorren los “senderos de lágrimas”, las demoliciones de sus casas, las deportaciones, el éxodo, el exilio y el inxilio, ante la apatía del mundo. Como si nada de ello sucediese.

 

Bibliografía

Aghazarian, Elise; Merli, Andrea; María Russo, Lucia y Ingeborg Tiemann 2010 Rachel ́s Tomb: An allien in her hometown ? Perceptions trom the other side of the Wall.(Berlin: Aphorims A Verlag).

Aruri, Nasser 2003 “El legado de Edward W. Said” en Chedid, Saad (ed.) El legado de Edward W. Said(Buenos Aires: Canaán).

Bidaseca, Karina 2015 Escritos en los cuerpos racializados. Lenguas, memorias y

genealogías (pos)coloniales del feminicidio. (Mallorca: Universitat des Illes Ballears).

Fanon, Frantz 2011 Piel negra, máscaras blancas. (Madrid: Ediciones Akal).

Mohanty, C.T., Russo, A., y Torres, L., 1991 Third World Women and the Politics of Feminism. (Bloomington and Indianapolis: Indiana University Press).

Said, Edward 2004 (1978) Orientalismo.(Barcelona: Sudamericana).

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Segato, Rita 2006 La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo Estado. (México DF: Ed. De la Universidad del Claustro Sor Juana. Colección Voces).

Spivak, Gayatri Ch. 1985 “¿Puede el subalterno hablar?” en Orbis Tertius, 6 (6) pp. 175-235.

UNRISD 2006 “Igualdad de género. La lucha por la justicia en un mundo desigual”. Ginebra.

[1]Postdoctora en Cs. Sociales (PUC-Sao Paulo/Manizales-CINDE/COLEF). Coordina el Programa Sur-Sur (CLACSO). Investigadora CONICET. Autora de: “Escritos en los cuerpos racializados. Lenguas, memorias y genealogías (pos)coloniales del feminicidio” (UIB.España) y ”Genealogías críticas de la colonialidad en A. Latina, África. Oriente” (CLACSO-IDAES/UNSAM).

[2] https://www.brasildefato.com.br/2017/02/20/lucha-y-arte-de-mujeres-palestinas/

[3] UNRISD. Igualdad de género. La lucha por la justicia en un mundo desigual. Ginebra, 2006.