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Palestina Duele

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Raquel Angel [1]

 

Por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa: la destrucción de un hombre. Hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse; una condición humana más miserable no existe y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro…Si hablamos no nos escucharán, y si nos escucharan, no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre, y si queremos conservarlo, deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido permanezcaPrimo Levi, La Tregua Es Primo Levi quien escribió estas palabras. Hablaba de Auschwitz, del infierno concentracionario en la Alemania nazi, de la vergüenza de sobrevivir. “Si hablamos, no nos escucharán, y si nos escucharan, no nos entenderían”. Es necesario detenerse ahí, porque esas frases no sólo interpelan la conciencia de Occidente y el tiempo que vivimos, sino la historia, la memoria, el olvido y, sobre todo, los usos y la manipulación de la memoria y del olvido. De eso se trata. De cómo es posible borrar el pasado, instrumentarlo, destituir sus derechos, reescribir historias y biografías. De los tráficos de la memoria en nombre del dolor. De cómo el martirio del pueblo judío bajo el nazismo ha sido convertido hoy en justificación y coartada para masacrar a otro pueblo. De eso se trata. Del pasaje, infinitamente obsceno, de la condición de víctima a la condición de victimario. Hablamos de Palestina, tierra arrasada, desde hace setenta años, por los sionistas de Israel, los que se proclaman herederos de la Shoah, los que han hecho de esa tierra usurpada a sangre y fuego, el coto de caza de sus mezquinos negocios, los que avergonzarían profundamente a Primo Levi, si aún viviera. Habrá que apelar una vez más a esa frase de Sartre (2003), que aún sigue iluminando: “El problema no es lo que el mundo hace al hombre sino lo que el hombre hace con lo que el mundo le ha hecho.

¿Qué hicieron los judíos israelíes, muchos de ellos descendientes de los asesinados en los campos nazis? ¿Qué hicieron con la Shoah? Cosificarla, despojarla de su sentido profundo, convertirla en un arma. “Actuar de tal modo que Auschwitz no pueda repetirse jamás”–fue el reclamo de Adorno (1973). Pero Auschwitz se sigue repitiendo. La lógica oscura de los antiguos verdugos se despliega ahora en Israel. La “Europa libre de judíos”, que fue la utopía nazi, ha encontrado su equivalente siniestro en “la tierra libre de palestinos”2 que es hoy la utopía sionista. Un Estado poderoso, exclusivamente judío, emplazado en una porción del planeta donde habitaba otra gente, con otra cultura, otra lengua, otro modo de estar en el mundo. Desde hace setenta años, desde la “nakbah”, la utopía sionista se va cumpliendo al precio del aniquilamiento, de la interminable agonía de todo un pueblo. Como en tiempos del exterminio nazi, el mundo mira. Y deja hacer. Igual que los armenios en Turquía, que los judíos y gitanos en la Alemania de Hitler, que los camboyanos bajo el régimen de Pol Pot, que los desaparecidos en Argentina, en Guatemala, en El Salvador, los palestinos saben que están solos.

Ningún gesto solidario de la sociedad de los limpios, puros, honrados ciudadanos israelíes. Un muro los separa de los barrios en los que transcurre la vida de la gente libre. Pero ese muro es infranqueable. No sólo lo hizo la piedra. También la indiferencia. Y, sobre todo, el odio. “Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus cadenas: eso hace su testimonio irrefutable.

Basta que nos muestren lo que hemos hecho de ellas para que reconozcamos lo que hemos hecho de nosotros mismos”, escribió Sartre (1974) en el prólogo a Los condenados de la tierra, de Franz Fanon. Hablaba de Argelia, de la despiadada colonización francesa, de los miles de campesinos embrutecidos y esclavizados. Podría haber hablado, casi en los mismos términos, de los armenios en Turquía, de los judíos y gitanos en Alemania durante la Segunda Guerra, de los negros en África, de los palestinos de los Territorios Ocupados por Israel. Gente sin patria común, sin geografía, sin derecho al suelo o a la sangre. Ni hombre ni bestia: extranjero, ajeno a la especie, subhumano. El diferente, el sospechoso, el que se hurta a la mirada, el que inocula la peste, el peligroso. ¿Cómo nombrar al colonizado, al rebelde, al Otro? En Turquía, en la Alemania nazi, en Irak, en Israel, siempre se ha buscado lo mismo: fabricar “esa especie de hombres que no tienen sentido sino como producto artificial de la sociedad capitalista”(Sartre, 1995) una especie de hombres contrahecha, desarraigada, consagrada desde sus orígenes, a la inautenticidad o al martirio.

Quien marca al Otro como amenaza (por sus ideas, su religión, su raza, su cultura) ya prepara su muerte. No la reclama abiertamente, pero cada medida que proponga apunta a su degradación, a su humillación, a su desgracia; cada veda o dispositivo del poder son sucedáneos del crimen por venir, formas simbólicas del asesinato. En el mundo sionista de Israel, cientos de leyes, decretos y prohibiciones fueron quitando del horizonte a los palestinos, borrándolos poco a poco del universo de las obligaciones morales, es decir, de la comunidad de los hombres. Frente a la tragedia palestina cualquier forma de neutralidad es abyecta. También lo es ese humanismo ramplón con que las almas bellas liquidan el asunto, equilibrando demonios, y estableciendo diferencias entre muertos “inocentes”–generalmente los niños- y muertos que no lo son. Si uno pregunta quiénes son ésos que no son, el alma bella tiene ya tiene preparada su respuesta. Son “terroristas”, dicen. Mientras tanto, las imágenes que llegan día a día de esa “guerra” son cada vez más intolerables. En ese gueto que es Gaza y en la ratonera en que se ha convertido Cisjordania, la matanza sigue y va en aumento, y ya es escándalo, que a muy pocos escandaliza, la asimetría entre los muertos de un lado y otro. La máquina de guerra israelí no para. Hay luz verde para el despliegue del odio: casas robadas, gente golpeada, mundos destruidos. Tecnología capitalista y Terrorismo de Estado consuman su proyecto en Israel, la última joya de la Modernidad y de la razón de Occidente. “Los sueños de la razón engendran monstruos”,dijo, célebremente, Goya3 Pocos han querido asomarse al abismo que encierra esa reflexión.

En Europa, el judío fue construido como el Otro, como el colonizado tierra adentro. En Israel, el Otro, el colonizado, es hoy el palestino. Para el sionista que ocupó la “tierra prometida”, Israel es la gran revancha histórica. Puede destruir al palestino para que sólo el paria subsista en él. Puede desalojarlo de su casa, expulsarlo de su tierra, de su patria, del acceso a los valores que podrían investirlo como hombre. Vida desnuda. A eso han sido reducidos, en la legendaria tierra que les fue robada, los hombres y mujeres que la habitaban. El espíritu de la técnica impregna el sueño bárbaro: se bombardean escuelas y mezquitas, se envenenan, desde el aire, sembrados y huertas, se ametrallan mercados; barrios enteros son triturados bajo el peso de los tanques, el olor a pólvora impregna el aire, el olor a la carne quemada, también. Niños torturados, a veces, hasta la muerte por tirar piedras a los tanques o insultar a los soldados. Familiares y vecinos de los militantes de la resistencia encapuchados y trasladados a culatazos hacia los campos de concentración. Como en la Alemania nazi, se acorrala a todos los varones, de entre l6 y 60 años. Su destino: la desnudez que humilla, el interrogatorio brutal, casi siempre, la tortura que, como sabemos, ha sido legalizada. La máquina de guerra israelí no para, tropas, tanques y helicópteros irrumpen en las principales ciudades y campos de refugiados: Tulkerem, Al-Bireh, Belén, Al-Jader, Beit Jala, Hebrón. Han convertido a Palestina en una “tierra baldía”, se podría decir, parafraseando, a Eliot (2015), el poeta que habló de los hombres en tiempos de oscuridad. Se podría recordar también aquel poema de Paul Celan sobre los campos nazis: “Negra leche del alba / te bebemos de noche / te bebemos al mediodía y de mañana / te bebemos de tarde / bebemos y bebemos esta muerte” (Celan, 1999). Desde 1948, desde la “nakbah”, la negra leche del alba ha sido, en Palestina, el único alimento de su gente. “La profunda inmoralidad de una guerra contra todo un pueblo constituye un crimen que podemos comparar con lo que sucedió en Auschwitz, un crimen contra toda la humanidad”, escribió, antes de morir, José Saramago (1998). El escritor portugués extendió su condena al campo intelectual: “No hay salvedades especiales. Son precisamente los intelectuales israelíes y de la diáspora los que han puesto de manifiesto su propia ceguera, su cobardía moral, enfundando su apología del actual terror israelí en los sudarios de las víctimas del Holocausto 50 años después” (Saramago, 2015).Palabras duras, las de Saramago, palabras que incomodan, sobre todo, a quienes sostienen que haber sobrevivido al exterminio nazi legitima la ocupación de tierra ajena, la eliminación de un pueblo, el borramiento de su cultura, la tortura sistemática de su gente, gente que cree distinto, piensa distinto, tiene otros dioses, otro color de piel. Esa equivalencia entre Israel y la Alemania nazi ofusca a los bienpensantes. Saldrán al cruce, dirán:“No se puede comparar Auschwitz con Gaza. Son cosas muy diferentes”. Es cierto. No son iguales. No son del todo iguales. Pero el padecimiento, infinito, el terror sin límites, se parecen, aunque haya diferencias en la forma de morir. Lo que se omite, deliberadamente o no, es que ambas tragedias están indisolublemente unidas. Que lo que tienen en común, lo que subyace, es un sistema de muerte, una cultura de muerte, que, para su reproducción, necesita del exterminio de pueblos enteros. Gente que sobra, gente que obstaculiza el camino triunfal del capitalismo globalizado.

En el Israel moderno, con su desarrollo tecnocientífico y su poderío bélico, los palestinos sobran. Son gentes sin Estado, parias, excedentes. Tampoco los judíos, antes de la Segunda Guerra, tenían Estado. También ellos sobraban, eran parias, excedentes. Seguramente por eso fue fácil quitarlos del camino. Quizá nos vamos acercando a alguna forma de responder el interrogante que sobrevuela cualquier debate sobre lo que ocurre en Palestina. Esa pregunta que casi todos se hacen: ¿Cómo es posible que las víctimas de ayer sean hoy los victimarios? Pregunta que permanece sin respuesta, acaso porque la reflexión no termina de hacerse: hay un genocidio en Israel y ese genocidio se inscribe –como práctica, como potencialidad latente, como tecnología del Poder- en el proyecto civilizatorio que consolidó la Modernidad, proyecto que habitamos, que nos habita y que desde hace más de dos siglos no ha cambiado. “La muerte es un maestro de Alemania”, escribió Paul Celan (1999). Hoy puede verse que ese maestro ha hecho escuela en Israel. A poco que se rastree, allí, en el genocidio palestino, están las huellas del modelo nazi. No es una frase efectista ni una mera suposición. Según el diario israelí Maariv –citado por el periodista inglés Robert Fisk (2001)- oficiales del ejército han aconsejado a sus tropas que estudien las tácticas nazis durante la Segunda Guerra Mundial, examinando especialmente cómo operó el ejército alemán en el gueto de Varsovia.En los Territorios Palestinos Ocupados por Israel, la muerte es lenta. La gente muere de locura, de hambre, de desesperación. No hay salida. Sólo ira e impotencia. Y acaso la posibilidad de conjurar la muerte fabricando armas caseras, desde hondas que lanzarán más lejos esas piedras –que, en manos de los niños, no siempre alcanzan sus objetivos- hasta cohetes artesanales rellenos de pólvora y clavos que, arrojados con fuerza, serán capaces de trepar los ocho metros del muro y explotar al otro lado. Casi nunca dan en el blanco. Los soldados israelíes suelen reciclarlos convirtiéndolos en esculturas que adornan los jardines de sus casas. Después serán exhibidos como muestra de la violencia del pueblo palestino. Vidas al borde, vidas al límite. “Trabajados por el olvido significamos nuestra existencia”, dice el psicoanalista Jacques Hassoum (1997). En Cisjordania, en Gaza, nohay olvido posible: el horror impregna cada minuto de la vida cotidiana. Como analiza Félix Duque, en relación al mal: “él es ya más íntimo que nuestra propia intimidad”(Duque, 1993).

Conclusiones

Muchos testimonios –algunos muy valiosos- pero pocas reflexiones acerca de las condiciones que hicieron posible el Holocausto, las mismas que hacen posible, hoy, el exterminio de los palestinos. Se trata del capitalismo, del carácter genocida de sus Estados, del tipo de hombres que genera, de la clase de subjetividad que construye, una subjetividad que lleva a los hombres a aceptar, a consentir y aún apoyar los ritos sacrificiales del Poder, el aniquilamiento del Otro, sea negro, amarillo, judío o palestino. El orden de dominación existente produce sus propios sujetos. Hombres cosificados, serializados, expropiados del ser, autómatas con la conciencia fracturada, acostumbrados al mando, a la sumisión, a la obediencia. Subjetividades atrofiadas, como las de la mayoría silenciosa israelí, que asiste, impasible, a la barbarie aniquiladora sobre la que se sostiene su Estado. Lo supieron desde el principio, más allá de las proclamas socialistas con que intentaron encubrir, al comienzo, su aventura colonial en Palestina. No era precisamente el pueblo del libro el que invadió la “tierra prometida”. Ni herederos de la Shoah ni elegidos por Dios, sino más bien, discípulos aventajados de la cultura occidental, de sus mitos sobre el progreso y la civilización.

Los sionistas de Israel han llevado hasta sus últimas consecuencias la salvaje cruzada imperialista que, en el siglo XIX, emprendió Europa contra los territorios de África, Asia, Oceanía. Una cruzada que, en uno y otro caso, sólo ha podido sustentarse en el racismo. Como analiza Edward Said, en relación a los territorios colonizados del Magreb, “la idea básica consistía en proponer generalizaciones de los árabes que los estigmatizaban como antidemocráticos, violentos y regresivos, a partir de lo cual se los consideraba, indefectible y congénitamente, como el Otro absoluto” (Said, 2007). Argumentos que tranquilizan las conciencias, que adormecen los escrúpulos y algún posible resto de una vaga moral. En la misma senda del colonialismo europeo, Israel ha construido su poderío y su prosperidad sobre la miseria y la destrucción de los Otros nativos. Desposeídos y exiliados en su propia tierra, los palestinos han pasado a convertirse en emblema de “terrorismo”, va a reflexionar Said. Turquía, Alemania, Argentina, Israel: tiempos y lugares de experiencias límites, experiencias que terminan borrando lo humano dentro de lo humano, la especie dentro de la especie. Allí, en esos tiempos, en esos lugares, en esos pasados y presentes, algo ha quedado demostrado: la indiferencia hacia el sufrimiento del otro, la complicidad con el crimen, la incapacidad de identificación con las víctimas fueron –y siguen siendo todavía- condiciones fundamentales que allanan el camino al exterminio. De esa indiferencia, de esa incapacidad, hablaba Primo Levi (1989) cuando escribió. “Sentían que cuanto había sucedido a su alrededor, en su presencia y en ellos mismos, era irrevocable. No podía ser lavado jamás; había demostrado que el hombre, el género humano, es decir, nosotros, éramos potencialmente capaces de causar una mole infinita de dolor. Y que el dolor es la única fuerza que se crea de la nada, sin gasto y sin trabajo. Es suficiente no mirar, no escuchar, no hacer nada”.

[1] Periodista de Derechos Humanos

Bibliografía

Adorno, Theodore (1973). Consignas. Buenos Aires: Amorrortu.

Celan, Paul (1999). “Fuga de muerte”. En: Amapola y memoria. Madrid: Hiperión.

Duque, Felix. (1993). El mal: fascinación e irradiación. Barcelona:Ediciones del Serbal.

Eliot, T.S. (2015). Tierra baldía, Barcelona: Lumen.

Fisk, Robert. (2001). Palestina, la última guerra colonial. Londres: The Independent.

Hassoun, Jacques. (1997). Los contrabandistas de la memoria. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

Levi, Primo (1997). La tregua. Barcelona: Muchnik Editores.

—— (1989). Los hundidos y los salvados. Barcelona: Muchnik.

Said, Edward. (2007). La cuestión palestina. Madrid: Editorial DEBOLSILLO.

Saramago, José. (1988). “Palestina es como Auschwitz”,entrevista realizada por José Vericat, colaborador de la BBC en Cisjordania.

—— (2015). Ensayo sobre la ceguera(2015). Madrid: Editorial DEBOLSILLO.

Sartre, Jean Paul (1974). Prólogo a Los condenados de la tierra, de Franz Fanon, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

—— (1995) Crítica de la razón dialéctica. Tomo 1. Buenos Aires: Losada.

—— (2003). San Genet, comediante y mártir. Buenos Aires: Losada.