parallax background

Amaneceres en Jenin, Susan Abulhawa

Postales de un genocidio en tiempo presente
mayo 9, 2017
Historia de un desafío
mayo 9, 2017

Por Elina Malamud

Nada tan incorrecto como empezar un texto con una frase negativa ni tan impropio para un académico o un periodista como ser autorreferente o escribir en primera persona. Pero tampoco nada –o poco- es tan desajustado con la lógica de la justicia como la vida de los palestinos en el exilio ni tan insostenible para una judía o un judío que comenta a Palestina como mantenerse neutral o ausente o indiferente o imparcial o políticamente correcto. Tal es mi caso. No se trata de una reseña formal sino de reflexiones sobre los ecos que se despiertan al leer esta historia que alguien relata desde la esencia de su pertenencia y desde el dolor de su pueblo.

Amaneceres en Jenin  no es una novela autobiográfica, ni un novela histórica ni un pasaje novelado de la historia reciente sino una creación literaria que, con todos los resortes clásicos de la narrativa, se convierte en espejo poético de más de cincuenta años de la vida cotidiana que llevan adelante los palestinos en su destino de desterrados, después de haber sido expulsados de sus des-heredades en el verano de 1948.

La niña Amal, nacida en el campo de refugiados de Jenin, concentra el devenir de una familia que perdió su pasado y relata un imaginario de esperanza heredado que todavía está abierto en la historia de Palestina. Una tierra enajenada,   identidades robadas, vidas dislocadas y una biografía ficticia oponen formas de vida entre hermanos criados en el seno de dos culturas enfrentadas, que convierten a uno en conquistador soberbio y a otros en víctimas del despojo, uno que no es lo que cree ser y otros que no son lo que deberían haber sido porque todo les fue quitado.

Se pueden hilar palabras sueltas, frases escogidas que, como engarzadas en un rosario, convocan modelos de vida, colores y sutiles tonalidades de los sentimientos, que sustancian los símbolos de un antes y un después, de la vida digna y la indignidad, de la libertad y la opresión, de la identidad y el despojo, de la nobleza y la aberración.

De color verde y matices agridulces es el primer collar que enhebra la Arcadia palestina perdida, los olivos milenarios y los algarrobos, la textura sabrosa de las aceitunas, el dulzor de los higos, el naranja y el amarillo brillante de los cítricos, el olor del tabaco de melaza, la transparencia del aceite recién prensado; el brocal del pozo con aroma de las madreselvas, el dishdashe azul pálido y las rosas veteadas de blanco que habitan las tumbas de los muertos. Y  en un descuido de la Historia, el verde se desluce, se despinta y muta a uniforme de soldado, a blindaje de tanque invasor que, en un puesto de control decide quién pasa y quién no pasa, más aún, quién vive y quién resulta lo suficientemente sospechoso como para no tener la vida justificadamente asegurada.

Un segundo rosario podría ir un poco más allá de la comunión con la tierra para engarzar las alfombras barrocas sobre el suelo de mármol, los arcos magníficos y los azulejos verdeazules de la casa solariega abandonada, quizá destruida, tal vez apropiada por los judíos invasores y cuyo recuerdo, imágenes de una antigua vida que la niña Amal percibía sin haber nunca conocido, no se desvanece sino que crece en sus detalles frente a la pesadilla de vivir a la sombra de la caridad internacional, abrumados en las tiendas provistas por las Naciones Unidas o en las posteriores y precarias casas de adobe de los campos de refugiados, de paredes desnudas y desconchadas, balcones desvencijados, bajo techos de chapa ondulada mantenidos bajo el peso de piedras y neumáticos viejos. Casuchas amontonadas en callejuelas barrosas bordeadas de alcantarillas de agua oscura y hedionda que guardan su orgullo en las plantas que decoran los patios exiguos y las terrazas, en el arroz y el cordero cocidos con almendras en jugo de jengibre, en los juegos inocentes de la infancia.

Se enlaza también la tenacidad de la resistencia, en un credo que enuncia “nunca permitas que sepan que te hacen daño” -como en Jenin, en Shatila,  en Sabra, nombres que cualquiera que esté al tanto de lo que pasa en el mundo recordará con el corazón sobrecogido y ojos de espanto- con la libertad llena de añoranza y no excenta de culpa de quien pudo escapar hacia el occidente pleno de  posibilidades de futuro individual.

Algunos ensambles son mucho más expuestos: los árabes llamaban a los invasores yahood, judíos, sionistas, perros… basura,  mientras la población judía hablaba de luchadores por la libertad, soldados de dios, salvadores, padres y hermanos.  Al mismo tiempo brota una canción desde el interior de una casa de Jenín: Y acepto mi parte en tu dolor… Y me burlé de mis opresores, un huérfano, yo, desnudo y descalzo… Estoy pidiendo tu ayuda, sostengo mi sangre en la palma de mi mano… El lector elegirá entre las frases y denominaciones aquellas que cuadren con sus representaciones de esta historia.

Y frente a la apropiación, además, de los atributivos de identidad, se agrega la locura o, más bien, la enajenación mental de una madre, que es en realidad la locura de una tierra y una patria perturbadas por un shock que nunca termina. Esa madre-patria-tierra desquiciada -porque, sin tener culpa, no tiene vida plena y digna que ofrecer a sus hijos- no puede impedir que broten el rencor y el odio y la celebración del martirio ni que la invulnerabilidad solo encuentre su hogar en la muerte.

El conflicto político adquiere en la novela su dimensión trágica al poner en evidencia el enfrentamiento de dos mandatos irreconciliables cuya esencia los vuelve irreductibles, un conflicto agónico que hoy se extiende más allá de Palestina y cuya  superación depende de la cordura y el sentido de justicia de los dueños de Occidente. Porque, si nos atrevemos a ampliar el concepto de expulsión, tal como lo señala la socióloga-economista Saskia Sassen al desentrañar las brutalidades de la economía mundial, distinguiremos una compleja interacción sistémica que corre en los subterráneos planetarios. Aún cuando funciona a través de las especificidades de los países, sus economías, sus políticas, sus leyes, sus desarrollos científicos, sus teorías de gobernanza y sus guerras abiertas, es una tendencia global de exclusión física, de desalojo moral para la concentración de recursos a favor de las elites del Norte Global. Amaneceres en Jenin es el relato particular de ese devenir al que se enfrenta la Humanidad toda.

 

ABULHAWA, Susan, Amaneceres en Jenín, Buenos Aires, Ediciones Nuevos Tiempos, 2014

Titulo original: Mornings in Jenin, traducido a partir de la edición revisada y editada por Bloomsbury, 2010

Edición original publicada por primera vez en 2006 bajo el titulo The Sacar o David.

No se especifican los datos del traductor.